Diario de la India / Día 2 (Parte 2)

4 de Febrero 2016

En el día de hoy, visitamos uno de los hospitales de la Fundación, también vimos una escuela de Enfermería y un centro de niños con parálisis cerebral.

Y vuelves a ver, nuevamente, el milagro que la Fundación está realizando en toda la zona. Lo podemos resumir en cifras: 5 hospitales, 16 clínicas rurales. Miles de personas atendidas, casi cien mil partos… Además imparten cursos de formación de enfermería para mujeres para dar una oportunidad a la mujer en un país donde está tan marginada. Y un sin fin de números. Pero no es esto lo que impacta, sino que es algo palpable, que se respira, que se siente.

Nuevamente sin palabras. La misma constante durante todo el viaje.

Lo más duro fue visitar el Centro de niños con parálisis Cerebral. La pobreza en la India es una injusticia humana y social, pero lo que vimos en una injusticia de la naturaleza.

Apenas hice fotos. No pude. Me alejé.

Reconozco mi error, pero fue lo que hice. Contemplar la escena desde un rincón, con el corazón encogido por la impotencia y sin apenas moverme. A veces, el ser humano se protege de situaciones de forma extraña. Yo me sentí como si realmente no estuviera allí.

De lejos, observé a niños sentados en el suelo sin apenas movilidad, a niños en sillas de ruedas que apenas movían la mirada. A niños, con unas limitaciones físicas que uno siente ganas de enfrentarse a la madre naturaleza y preguntarle por qué. También vi el mimo con que las personas que trabajaban en la Fundación se acercaban a ellos, los acariciaban, les hablaban y les susurraban al oído, a lo que ellos reaccionaban con sonrisas y con esa mirada que conecta directamente desde el alma.Desde una esquina de la sala, fue testigo pasivo de la grandeza humana, de la generosidad sin límites, y de que en la India, el AGRADECIMIENTO, se escribe con mayúsculas.

También vi a varios de mis compañeros jugando con los niños. A veces, las lecciones de vida, también te las dan personas cercanas a ti, que por unos minutos se convierten en uno de estos niños, se tiran al suelo, se ponen a su altura y les dan todo el cariño que se puede llegar a dar y su rostro se transforma a la par que también lo hace el de los niños. Y ríen con ellos hasta que revientan, aunque después tengan que alejarse porque se rompen por dentro. Y es entonces cuando eres consciente que este viaje lo estás haciendo con personas auténticas y sobre todo, con grandes personas. Personas que siempre recordaré con cariño y que ya tienen para siempre adjudicado un rincón en un lugar privilegiado.

Repartir los juguetes que les habíamos traído fue otro de esos momentos entrañables. Un globo, un pequeño muñeco de peluche, una pelota, un cochecito… puede convertirse en un gran tesoro en un instante. Y como sucede continuamente en la India, a cambio, ellos nos regalaron una de esas maravillosas sonrisas que llenan todo el espacio.

Por la tarde, visitamos la tumba de Vicente Ferrer. ¿Qué puedo decir? Cuando estás ante él, te infunde un gran respeto, pero sobre todo admiración. La fotografía que hoy descansa junto a él, aparece por miles de rincones de Anantapur. En todas las casas que vimos, estaba su imagen, rodeado por un collar de flores, velas, barritas de incienso. Y la verdad, si alguien es merecedor de todo eso, es Vicente Ferrer. Si te dejas llevar, y miras sus ojos, te quedas atrapado y es difícil retirar la mirada, aunque se trate de una fotografía. Pasamos todos por delante, y colocamos una rosa junto a él. Y las sensaciones que provoca estar junto a él, no te deja indiferente. Mostró ante los más desfavorecidos de la tierra un amor y una generosidad sin límites. Y probablemente, ese algo especial que se respira en todo Anantapur, tenga mucho que ver con esa generosidad desmedida de una de las personas más grandes de la historia.

Por la tarde visitamos un centro de artesanía para mujeres discapacitadas y una de las aldeas de Anantapur. Y podría decir: más de lo mismo. Porque sí, es más de lo mismo. Lo que pasa, es que uno no se acostumbra nunca a sentir tanto, con tanta intensidad, como se siente en cada instante en la India. Y son ellos, las personas que viven allí, las que te hacen sentir así.

Cuando llegas a una aldea, te acogen con los brazos abiertos. Te colocan collares de flores, maravillosos, hechos por ellos. Te colocan una pulsera en tu muñeca y el puntito rojo en la frente. Se desviven como si fueras alguien. Es tal la acogida, tanto lo que te hacen sentir, que es difícil describirlo.

Les hicimos fotos, prácticamente a toda la aldea, mayores y pequeños. Se ponen firmes y serios cuando vas a fotografiarles. Son geniales. Y ellos, que siempre sonríen, si les pides que lo hagan, muestran toda su dentadura, en plan anuncio profiden. Adorables.

Una fotografía, un tesoro.

Mi sensación estos días, ha sido que eran ellos los que tenían todo y yo la que no tenía nada. Durante todo el viaje, me acompañó ese sentimiento de que algo no cuadra, que algo estamos haciendo mal, que algo estamos perdiendo en el camino y no somos capaces de encontrar las respuestas. ¿Por qué no tenemos nosotros esa mirada? ¿Por qué nos desborda tanto su sonrisa? ¿Somos nosotros realmente los que tenemos todo?

Sigo sin encontrar las respuestas. Quizá por eso, no logro regresar del todo.

Cómo es posible que personas a las que no conozco, a las que vi durante unas horas, con las que no hablé porque no supe entenderme, te desarmen de tal manera, destrocen todas tus corazas y te muestren únicamente con su generosidad, su mirada y su sonrisa, otra forma de vivir, de sentir y sobre todo, otra forma de SER.

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