Diario de la India / Día 3 (Parte 2)

5 de febrero 2016

Apadrinamientos

No imaginé en ningún momento, cuando íbamos en dirección a la aldea donde conoceríamos a los niños que habíamos apadrinado durante el viaje, que iba a sentir algo tan profundo como lo que sentí. Emocionalmente, me cogió por sorpresa y no estaba preparada para algo así.

Toda la aldea nos esperaba a nuestra llegada, preparados para el recibimiento, con sus bandejas para acicalarnos, con sus pulseras para colocarlas en nuestras muñecas, con su alegría, con sus sonrisas, con su ternura.

Ella, Alekhya, estaba allí, entre el comité de bienvenida. La había visto en fotos, pero no la reconocí. Al natural era maravillosa.

Me robó el alma desde el primer instante, la primera vez que echó sus brazos sobre mi cuello y me abrazó con fuerza.

Tomó mi mano, y apenas la soltó durante todo el tiempo que pasamos en la aldea. Me abrazó mis veces, me regaló su sonrisa otras tantas. Me dejó acariciar su ternura a través de sus ojos durante todo el tiempo que pasé con ella.

Para lo que viví, vivimos, durante todo el día, cuesta encontrar las palabras, si es que las hay.

Cada uno de nosotros, fuimos conociendo a nuestros niños apadrinados. Fuimos víctimas de una generosidad sin límites para la que nuestros corazones no están preparados. Por eso, nos dolió el alma de tanto sentir, de tanto emocionarnos. Vi el brillo en la mirada de cada uno de mis amigos y compañeros de viaje. Unos a otros, a veces, nos buscábamos con los ojos buscando ese apoyo de algo que nos desborda de tan grande que es.

Nos agasajaron, abrazaron, nos tomaron las manos, nos bailaron, nos hicieron reír, nos hicieron llorar, nos secaron las lágrimas entre risas.

No estamos acostumbrados a vivir algo así. No estamos acostumbrados a lo auténtico, a lo esencial. No estamos acostumbrados a que te den tanto quien no te conoce y nada tiene. No estamos acostumbrados a tan inmerecido agradecimiento, a una generosidad sin límites. No estamos acostumbrados a sentir de estar manera.

Alekhya, colocó en mi cuello un collar de flores, el mismo que pasó simultáneamente por su cuello, uniéndonos para siempre. Ojalá hubiera podido conservarlo, con su olor a flores frescas, con todo el cariño y mimo con el que fue hecho. Hubo un antes y un después de este día en el viaje, también en mi vida. Supe que nuestra capacidad para sentir no es ilimitada y que emocionarse de una forma tan intensa y tan continuada, rebasa.

Aun hoy, me sigue emocionando recordarlo.

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